Entrevista al tartagalense Mario Flores
“Nunca dije que quería ser escritor, me puse a escribir”
Con menos de cuarenta años y cerca de veinte obras publicadas, Mario Flores se consolidó como una de las voces más singulares y prolíficas de la literatura salteña contemporánea. Desde Tartagal, en el norte tropical de la provincia, construye una escritura filosa y comprometida, atravesada por el riesgo, la identidad y una mirada aguda sobre el territorio que habita.


Nacer en el año 90 en Tartagal, es realmente una marca de época. Y Mario nació allí, el 29 de mayo de 1990 en la calurosa, combativa y muchas veces relegada, tierra del norte salteño.
Quizás por eso su escritura, así como su particular cadencia al hablar, mezcla una aparente rudeza gestual con palabras que, al brotar, revelan una mirada profundamente analítica y, al mismo tiempo, logran hacer estallar en carcajadas al público presente.
Son pocos los autores que logran está mixtura tan exquisita, por eso Mario Flores, escribiendo y caminando desde el norte del norte de la Argentina, se muestra como una verdadera renovación y un aire fresco para las letras argentinas.
Con casi 20 libros publicados y recién llegado de la Feria Internacional del Libro de Buenos Aires (FILBA) 2026, donde presentó su última obra, El truco nacional, se toma un tiempo para analizar el camino recorrido, siempre con un dejo de humor y sarcasmo, marca indeleble en su andar.
—¿Cuáles fueron tus primeros descubrimientos literarios, tus primeros acercamientos, o ese momento que recuerdes como iniciático?
—La lectura en mi caso viene desde la infancia por una anterioridad a la escolaridad. Yo tenía muy pocos libros en mi casa, excepto de medicina y religión; o sea, la Biblia y libros con fotos de deformaciones. Y empezaba a leer cosas para adultos, porque en mi casa había novelas eróticas que venían con las revistas de tejido. Entonces la literatura recién comienza con el descubrimiento del cibercafé: fue de internet, del correo electrónico donde empecé a sacar referencias de Los Simpson, cuando tenían escritores invitados, cuando hacían chistes o cuando veía la televisión, alguna revista Ñ robada de por ahí que luego eso lo iba a googlear. Entonces, la lectura es muy problemática por una cuestión de accesibilidad que yo no lo tuve de chico, hasta que más o menos tuve acceso a internet a los 11, 12 años. Pero la escritura sí, yo escribo narrativa y poema desde muy chico porque en mi casa había máquina de escribir, entonces la relación que yo tengo con la escritura no es a mano, sino con el teclado. Yo tengo muy fijada la relación con el teclado, no con el teléfono, y a los 12 años ya estaba escribiendo novelas de 100 páginas en la máquina de escribir. Entonces, primero está la escritura y después el contacto con los libros que son bastante extranjeros. La cuestión del boom y de la literatura salteña y conocer a algún escritor de acá de Tartagal, me llega recién en la adolescencia. Todo lo que yo tengo de relación con la lectura y la literatura en general siempre es extranjera, tenía que ver con la tele, películas, música en inglés sobre todo, y hay una cuestión genealógica, porque mi familia no es gente educada ni profesional ni tampoco son grandes lectores. Así que es un caso medio extraordinario para la familia, para mi apellido y obviamente para para la ciudad, porque acá, por ejemplo, no hay librerías todavía. Entonces, son todos descubrimientos como de algo muy lejano, muy extranjero.

—Y en esa adolescencia de alguien que ya escribía novelas, ¿Cómo te empezás a vincular con las literaturas que vas descubriendo? y hasta inclusive se me ocurre preguntarte como te relacionabas con tus pares, porque eras evidentemente algo fuera de la norma…
—Sí totalmente, porque no hay mucho fomento y el hecho de dedicarse a una cuestión de expresión creativa o artística no garantiza para nada el fomento ni la aprobación ni la felicitación. Llega a ser algo anormal, antinatural y bastante inconveniente para la escolaridad. La escuela secundaria donde yo fui era una escuela técnica, entonces no tenía nada relacionado con el tema de la literatura. A partir de los 13 años lo que hice para empezar a mostrar era buscar compañeros que estaban empezando a improvisar, empezando a tener una relación con el mundo del hip-hop negro, entonces yo les escribía sus rimas. De esa manera empiezo a mostrar lo que hago, sumado a las cartas de amor que los compañeros querían mandarle a las compañeras. Entonces todo lo tenía casi de manera íntima. Ahí ya empiezo a conocer en la escuela secundaria más o menos lo que era el tema del boom latinoamericano, y la mayoría de mi familia y mis hermanos mayores fueron alumnos de Héctor Cabot, que ya estaba jubilado cuando yo entré a la escuela secundaria. Entonces cuando lo veía en la calle, yo decía, “Este es escritor”, y leí una novela de él, pero no era un ejemplo ni una referencia, sino una persona de acá, un vecino más que a veces tampoco no ha salido mucho de la provincia ni su obra tampoco, y que hasta el día de hoy sigue produciendo; pero no tenía referencias ni ejemplos ni a quién preguntar. Después todo se atomizó con la llegada del blogspot, poder poner mis cosas en internet, y ahí fue el descubrimiento de que toda la vida me iba a pasar siempre lo mismo. Cualquier cosa que yo haga siempre va a ser más atendida y mejor recibida en cualquier otro lugar que en Tartagal. En Salta, en Buenos Aires, siempre, desde que puse algo en internet, en blogs, a partir de los 15 años que empecé a hacer eso, siempre fue más para afuera que para acá.

—En ese sentido ¿Qué significa escribir con sangre tartagalense y también desde Tartagal?
—Producir de Tartagal es complejo por una cuestión logística, porque para las personas, las provincias que no son Buenos Aires, hay una verticalidad contraproducente: económica, teórica, estética y también técnica porque no tenemos grandes sedes de técnica de impresión y tampoco de edición, excepto que ahora en la Universidad de Jujuy hay una carrera dedicada exclusivamente a la edición, pero todo lo que hice, lo hice desde acá; mi primer libro lo publiqué acá, lo hice yo solo con herramientas copiadas con mi primera computadora y copiando, afanando un poco el modelo de editoriales artesanales de Buenos Aires y de San Salvador de Jujuy, en especial Alma de Goma, de Pablo Espinosa. No tardé muchos años en que esos primeros libros salieran de mi ciudad porque estaba en contacto, en ese momento tenía redes sociales y estaba muy en contacto con la generación del slam de poesía oral, desde el principio empecé a editar para mí mismo, a ser mi propio sostén de mi propia literatura, porque sabía que hacerlo aquí era complicado, no hay grandes lectores, no había museo, no hay museos, no había centros culturales, no hay librerías. Entonces, yo no podía soñar con un libro convencional, tenía que hacerlo de acuerdo a las características y condiciones que hay aquí, libros chiquititos que yo imprimía en mi casa que fueran baratos para que lo pudiera reimprimir con mayor facilidad y que estuviera accesible. Luego, eso se transformó en un editorial donde empecé a publicar a otra gente, pero la primera incidencia siempre es por inquietud propia y también a esa inquietud de publicación, inquietud de dedicarse al arte y a ser escritor, también tenía que ver con una preocupación de que salga bien hecho y que saliera de los tres, cuatro metros cuadrados de la zona de confort, que es algo que yo suelo criticar bastante, y es que muchos escritores y autoras locales tienden a conformarse con el hecho de ser conocidos por sus padres, de ser reconocidos en el ámbito local, pero esas obras luego se vuelven inaccesibles, se pierden en el tiempo… y la verdad es que yo nunca dije que quería ser escritor, me puse a escribir. Hay una gran diferencia entre una cosa y la otra; la inquietud de publicación la enfrenté desde Tartagal con redes, armando redes de contacto, leyendo, comprando libros, siguiendo ejemplos y también emulando las incumbencias técnicas y estéticas que tenían los libros. Luego con el tiempo eso cambia cuando a algunos ya lo publica una editorial, pero aquí en Tartagal lo primero que pensé a la hora de querer mostrar lo que yo hacía era que estuviera bien hecho y que me superara a mí mismo. Entonces me ocupé más que por concursar, por ganar premios, por ser reconocido localmente, me preocupé por crear libros, crear objetos, dispositivos textuales que superaran la expectativa mía y también de mi ciudad, porque hay muy pocos libros de escritores de Tartagal. Y esos pocos libros es muy probable que hoy en día ya no se los encuentre. Yo lo que quería, lo primero que yo sabía, era que no necesitaba ser reconocido como escritor ni tener una distinción, ni ser docente porque no soy parte de la comunidad universitaria ni tengo formación en literatura. Lo que yo sabía era que tenía que publicar bien, publicar de manera ordenada y dedicarme a eso, a la parte gráfica.

—De alguna manera, en lo que te escuché hablar en diferentes oportunidades, hay una fuente de inspiración que tiene que ver con la infancia, con la escuela, algo que en la escritura se vuelve como una especie de sanación, ¿lo sentís así también?
—Cualquier artista de alguna manera es una especie de eslabón, no perdido, pero de alguna manera inconveniente para el sistema, porque el mundo no nos alcanza y nosotros tenemos que completarlo creando, haciendo otras cosas. Es muy difícil ser la oveja psicodélica de la familia, sobre todo cuando te dedicás a una cuestión creativa que no tiene incumbencias comunitarias, porque si bien la literatura es profundamente social y comunitaria, uno lo hace solo, no es lo mismo que dedicarse a tener una banda de música, ir a una institución de danza o algo así. Entonces uno ejercita la perspectiva de la realidad de acuerdo a esos datos circundantes que hay a la hora de problematizar una crítica, una vivencia, una cuestión filial. Tal vez en las ciudades más grandes hay escenas generacionales. En Salta se ve mucho con la cuestión de los grupos, hubo muchos grupos de artistas que se juntaban a hacer cosas, entonces, la soledad, la distancia, la lejanía y el hecho de vivir en zona de frontera, hace muy difícil trabajar en grupo, uno siempre está muy solo. En esa soledad, lo primero que repercute es lo que yo denomino los traumas del ser nacional, que tiene que ver con vivir en una ciudad que está demasiado lejos, que no ha sido fundada, sino improvisada históricamente, y ahí hay grandes historias, grandes anécdotas que tienen que ver con la representación de Tartagal en el ser nacional. Desde ese punto de vista, mi primer día de clase, que fue escuchar el discurso de Menem sobre la estratosfera, luego la crisis del 2001, luego las cuestiones ambientales del año 2006 y del año 2009 con inundaciones y los cortes de ruta… mis padres me llevaron al corte de ruta para acompañar, había niños, familias, era toda una cuestión social, y eso va formando el carácter de la tonalidad y la rítmica con la cual uno escribe las ficciones y las tramas que siempre van a estar atravesadas por una cuestión biográfica. Pero como yo me dedico a la ficción, muchas veces había un problema a la hora de ser de Tartagal, escribir desde Tartagal, producir desde Tartagal, pero no representar a Tartagal. Creo que hay otros escritores que se han dedicado a representar a Tartagal, Fabio Martínez, Héctor Cabot, Ramón Américo Ramos, son personas que han escrito Tartagal y lo han mencionado a Tartagal con letras mayúsculas en su literatura. Yo tenía el inconveniente de no poder representar una idea de Tartagal. En ese sentido, como escritor tartagalense, es una cuestión biográfica de mi DNI, pero muchas veces la literatura iba por otro lado. Entonces, cuando comienzo a pasar de la poesía a la narrativa, cuando yo publico cuatro libros de poemas y luego saco mi primera novela, en esa primera novela, en la ficción, en la narrativa, ahí es donde por primera vez aparece Tartagal como un territorio, territorio-cuerpo y también territorio de lenguaje, porque es el lenguaje que yo hablo aquí y es el que ha sido construido en Tartagal. Entonces no estoy de acuerdo con la escritura ni la publicación de diarios íntimos ni de la autoficción, porque yo escribo ficción, no escribo de mi vida personal, pero Tartagal siempre fue un territorio extraño, todo el trópico salteño suele ser una especie de Macondo para muchas personas que tratan de representarlo o reflejarlo en sus producciones. Yo lo que siempre intenté hacer fue ser lo más leal posible con esa representación ciudadana, pero al mismo tiempo respetar mi propia ficción. Y entonces, puedo decir que estoy contento con el hecho de no haber caído en los lugares comunes de escribir sobre Tartagal, pero al mismo tiempo seguir viviendo aquí, soy un vecino de aquí, un residente de aquí y desde aquí salen los libros que hago.

—En tus relatos, evidentemente, está el norte el norte del norte en carne viva: se siente el calor, las texturas, y la tensión entre ser leal y respetar tu ficción, ¿cómo lo fuiste elaborando y en qué punto estás hoy?
—Esta tensión que hay entre la construcción identitaria y la construcción de la mentira, la construcción de la ficción, yo la resolví tratando de alejarme lo más posible de un ángulo de visión autorreferencial. Si nosotros ya tenemos un gran respaldo histórico, que en este caso Tartagal no lo tiene porque es una ciudad historiográficamente muy desordenada porque no hay muchos registros, pero culturalmente ha sido cuna de deportistas, de políticos y también de escritores, desde el folclore tradicional o desde el folclore más contemporáneo; si ya tenemos una gran poética de respaldo, ya tenemos una gran representación costumbrista de lo que referencia las Yungas, el espacio, lo verde, lo bucólico y lo natural, no hacía falta que yo me sume a esas huestes; yo tenía que hacer algo diferente, pero tampoco hacer algo diferente quiere decir escribir como si vivieras en Palermo o como si fueras una persona que solamente atiende a lo que se escribe y se publica en Estados Unidos, porque eso sería sumamente comercial. Entonces lo que hice fue empezar algo que yo considero que todos los escritores lo tienen que hacer y que muy pocos lo practican, que es prestar atención a lo que se escribe y se publica en nuestra propia comunidad. Son pocos los autores salteños que leen literatura salteña. No solamente desde un punto de vista histórico de los grandes nombres y próceres que tenemos en nuestra literatura, muchas veces vinculada a la música folclórica, sino también desde la modernidad, desde nuestras épocas contemporáneas desde nuestros colegas vivos que producen hoy, donde a veces no se compran sus libros, los terminan vendiendo a otras personas o están encerrados en su casa. Por supuesto que hay sociedades de escritores y hay grupos y hay talleres e incluso hubo en un momento colectivos de publicaciones, pero muy pocas veces se conoce gente que esté al tanto, actualizada y bien anoticiada, vamos a decir, de lo que sucede en la literatura salteña. Yo soy alguien que gasta mucho dinero en libros, no de Mariana Enríquez, de Anagrama, sino de acá de Salta, que a veces pueden estar defectuosos, que a veces no me llegan, que es difícil enterarse y conseguir, pero ese fue mi primer paso, prestar atención a todo lo que se publica y se escribe desde Salta. Y en segundo lugar fue lo que contaba de la publicación. Hay que ser paciente y no soñar, tener los ojos bien abiertos porque para esto no hace falta soñar sino estar bastante despierto y no desesperarse. Entonces yo sabía que primero tenía que estar muy consciente y enterado de cuál es mi territorio, de cuál es el rubro y el área en el que yo voy a querer poner algo, hacer un proyecto, tener una propuesta de contenido; y en segundo lugar, que se haga bien. Entonces, a veces, es que hay que estar muy enterado de lo que sucede en tu propia provincia, pero también al mismo tiempo tratar de que las publicaciones tengan un carácter por su propio peso, que se sostengan por su propia forma y no como se dice por ahí, que los libros cuando uno los publica te dejan de pertenecer, que yo no lo considero verdad, uno tiene que seguir, está tu nombre ahí, ¿qué otra dignidad tenemos en este mundo que no sea nuestro nombre propio? Entonces, si yo estoy firmando eso lo tengo que seguir difundiendo, corrigiendo, presentando y sobre todo, hablando de literatura.
—Mario, ¿cómo definirías tu escritura?
—Yo creo que somos escritores de frontera, porque lo que hacemos es literatura de frontera y no solamente geográfica, sino por el carácter que tiene de ser posterior al año 2005, que ya de por sí es un cambio en el que editorialmente en el territorio nacional, en Argentina, hubo un gran cambio con respecto a las editoriales independientes. Entonces, ya estamos en otra etapa. Y desde el punto de vista personal geográfico, porque mi literatura está atravesada por las grandes crisis y problematizaciones de la zona, de hecho Santos Vergara no utiliza la palabra región, él utiliza la palabra zona, porque dice que es más grande, que engloba más y que no se queda en esas representaciones o suposiciones de lo que tiene que tener esa literatura, el tipo de literatura que yo hago es bastante exigente, porque no es una literatura de la belleza, sino más bien de la fealdad, y no es una literatura de la complacencia, sino de la crítica. Por lo cual no es específicamente de la literatura más publicitada, no va a ser la mejor, ni la mejor vestida, pero sí es muy probable que sea una literatura, que es la que yo practico, que trata de perseguir ese ideal de la exigencia de poder enfrentarse al texto como nos enfrentamos a la realidad. Entonces hay una literatura salteña con la cual no se tienden nexos con lo que yo hago y hay otra literatura salteña a la que yo aspiro, a la que yo he leído, a la que yo sigo leyendo y fanatizándome porque admiro mucho lo que hacen, pero sigo pensando que lo mío es diferente por el simple hecho de venir de del departamento San Martín.
FUENTE: Página 12
CRÉDITO DE LA ENTREVISTA: Facundo Sinatra Soukoyan